Escuelas graduadas I

La vara de don Servo medía el silencio del aula como una proa avizorante. Iba y venía entre los pupitres y sólo en contadas ocasiones alzaba el aviso antes de caer sobre la cabeza de quienes contravenían la disciplina.

Los alumnos hacían un esfuerzo para abstraerse entre los números y las figuras geométricas, y apenas sentían la línea de la vara como una advertencia.

El silencio recreaba un hormigueo de pizarras y clariones, una quietud que la mañana del aula difuminaba con el humo del cigarrillo de don Servo, que siempre dejaba la mota de la picadura en la comisura de sus labios.

Cuando don Servo posaba la vara y se dirigía al pequeño armario de los materiales y los libros al fondo del aula, todos alzaban el rostro dando por finalizados los cálculos que llenaban de agujeros sus cabezas.

El invierno robaba el recreo y los patios de las escuelas graduadas, que continuaban la pendiente del monte en la ladera de los prados cercanos, estaban solitarios bajo la lluvia.

Don Servo se acercaba a la estufa de serrín, que había alcanzado la temperatura propicia, y cuando el libro que acababa de coger en el armario se abría entre sus manos, todos seguían su ejemplo, abandonando los pupitres y situándose a su vera en los alrededores de la estufa.  

La voz del maestro tenía en la lectura un tono más sosegado, como si se demorara en las frases para facilitar su comprensión y alargar aquellas historias que unían en el invierno, entre el clamor monótono de la lluvia y el rumor de la estufa, las desventuras del caballero andante, los ardides del pícaro o las habilidades de un náufrago remoto.

Esa voz no era muy distinta de las voces nocturnas que entretenían las reuniones en las cocinas del Valle, cuando todas las labores estaban hechas y los vecinos concurrían con la paciencia de un ocio que podía demorarse hasta el aviso del sueño.

Las cocinas mantenían la temperatura que difuminaban los rescoldos y el aroma de la leche hervida que se había derramado en un descuido. Una misma atmósfera las comunicaba, como si el aliento doméstico del Valle proviniera de la respiración de un mismo cuerpo, del mismo modo que la lluvia y el viento eran comunes en la respiración de los montes.

La voz de don Servo iluminaba en la lectura unas historias que había que escuchar sumiéndose en la imaginación y las palabras que las narraban, como si esas palabras estipularan un orden al que había que someterse para descifrar el sentido de lo que contenían. Las voces nocturnas, las espontáneas que contaban al hilo de un recuerdo, como si fuesen deudoras de una memoria y una imaginación anónima y heredada, no era preciso asumirlas para desvelar su contenido, ya que contaban con la misma utilidad con que se habla para comunicar cualquier cosa, con las palabras diarias.

La lectura de don Servo contribuía, además, a acercarlas con una paralela temperatura y una emoción que apenas diferenciaba el encantamiento de lo que en la cocina y en el aula se escuchaba.

A don Servo le verían los niños abandonar la vara y extraviarse ensimismado entre los pupitres, como si hubiese perdido la decisión de sus vigilantes navegaciones en otros días invernales.

Los libros se mantenían temblorosos en sus manos mientras la voz fue decayendo, y hubo un momento en que las andanzas del caballero andante, que eran las más prolongadas, quedaron olvidadas en sus labios como la mota de la picadura del cigarrillo.

Desde entonces, don Servo pasaba más de media mañana abatido en su mesa, con la cabeza reclinada sobre los brazos, y el tiempo de esa postración fue el tiempo de la enfermedad que sus alumnos vigilaron con sumo cuidado, de modo que nadie alzara la voz más de lo debido.

Luis Mateo Díez, Días del desván, León, EDILESA, 1997
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