Palabras de Julio Vaquero

Palabras de Julio Vaquero

Luis Mateo dibujó, en Días del Desván, con una exquisita precisión y su imaginación desbordante, el mapa del territorio en que se desarrolló nuestra infancia. En ese mapa los puntos cardinales eran las Rapigueras, al norte, con el esplendor de sus escobas y donde se encontraban los lugares épicos  de nuestros juegos  infantiles, como Peña Furada o Peña de los Enanos. Allí, los pinos se convertían en mástiles de barcos y las rocas, en escondrijos de piratas. Al sur, la Estación con su tren minero, cuyos vagones inactivos nos servían de refugio y de escenario privilegiado  para nuestros  juegos de combates de indios y  vaqueros y de viajes de aventuras por lugares exóticos. En el centro, estaba la Plaza, corazón, mercado y ágora del pueblo. Y en su epicentro, se situaba aquella fuente suntuosa, expresión de la vocación más ganadera que minera que en su origen tuvo Villablino. Dentro de la Plaza se localizaban los dos puntos claves de nuestro territorio infantil, el desván del Ayuntamiento y el reducido soportal donde estaba instalada la cartelera del cine de don Gerardo, uno de los hombres más bondadosos que he conocido y que más beneficiosos y desinteresados servicios prestó a las gentes del Valle. A ambos  lados, se situaban el quiosco-tienda de mi madre, Nemesia, y la frutería de Araceli.

Ese soportal era el verdadero núcleo de sociabilidad del pueblo. Allí, resguardados de la lluvia o del sol, los mineros que descansaban,  los habitantes del pueblo que venían a ver las carteleras o a comprar el periódico en casa de mi madre o  los lacianiegos de los pueblos de los alrededores  que se habían acercado a comprar o a cubrir otras necesidades, charlaban e intercambiaban opiniones sobre todo lo divino y humano. En la reducida tienda- quiosco de Nemesia, se podía desde comprar el periódico, intercambiar por unos céntimos aquellas novelas populares de Marcial Lafuente Estefanía o de Corín Tellado y adquirir tabaco rubio de contrabando hasta llevarse unas zapatillas, unos botones o unas medias. Y con frecuencia, se desarrollaban unas tertulias muy animadas y se intercambiaban las noticias, sucesos y chismes del pueblo. Nemesia era una vendedora y luchadora nata donde las hubiese y trabajadora de sol a sol hasta la extenuación. Ella con su  tienda era toda una institución no solo en el pueblo, sino en todo el valle. 

            Ese  fue a grandes rasgos el territorio de los juegos de infancia de nuestra pandilla: Antón, Tovarín, Abilio, Joaquinito, Luis Manuel, Felipe, Luis Robla, Román, Fernando ,yo mismo… Sus dos líderes natos  fueron, sin duda, Luis Mateo y mi hermano Pepín Vaquero. Mientras Luis, dotado de una fecunda y desbordada imaginación, era el inventor  del contenido de muchos de aquellos juegos, Pepín, lector  contumaz y lúcido de todas las novelas, tebeos, periódicos y libros que pasaban por los anaqueles de la tienda de nuestra madre, los enriquecía  y los sabía poner en el contexto cultural apropiado. Lo cierto es que ambos, Luis y Pepín, han tenido un destino marcado por aquellos juegos y experiencias infantiles. La imaginación creadora, que, junto con el don de la palabra precisa y la frase cincelada, caracterizan toda la obra literaria de Luis Mateo y le han convertido en uno de los mejores escritores españoles, tuvo sin duda su germen en aquellos juegos y estos escenarios. Él mismo siempre ha mantenido que la imaginación no es otra cosa que la memoria fermentada. Desde luego, Luis no podía ser sino novelista. Por su parte, la amplia cultura que Pepín pudo adquirir casi por sí solo como resultado de su voracidad por la lectura y su clara inteligencia le incentivaron su curiosidad por conocer  el mundo y sus diversas culturas y le llevaron a abandonar su intención de hacer la carrera de medicina e inclinarse  por su vocación de marino con el fin de conocer de primera mano todo lo que había aprendido en sus lecturas. El destino de mi hermano estuvo también, pues, marcado por su infancia. No podía ser otra cosa que marino. Y hasta su trágica muerte no fue sino, como relata Luis en Lunas del Caribe, la versión cruel y real de uno de aquellos juegos heroicos y trágicos de los niños  del Desván.

Muchas gracias 

( Intervención en el curso celebrado en Villablino (León) sobre la literatura de Luis Mateo Díez y Villablino )