Casa del Hojalatero

1      Cuando el Hojalatero del Valle se fue a Cuba todavía no era hojalatero. Su padre no sólo no había logrado atarle al oficio, ni siquiera interesarle en él.

En la mente de Oredio existía la idea difusa de que el Valle era como la habitación más pequeña de su casa y eso que todas, exceptuando la cocina, eran pequeñas, y que un espacio así de constreñido agobia más que alienta.

Una idea difusa que no lograba expresar y que ninguno de sus hermanos, primos y amigos, lograban entender[…]

Tuvo que ser el Inglés, aquella noche en que vivaqueaban en un calvero de la selva, el que comprendiera aquella idea confusa que tanto había angustiado a Oredio y que, al fin, era el motivo de que hubiese ido tan lejos, la causa también de que hubiera conocido a aquel curioso personaje al que sirvió de escolta.

El Inglés escribía su crónica con un abultado lapicero, apoyando la libreta de tapas de cuero en la montura del caballo, no lejos de la hoguera que poco a poco se iba extinguiendo ´..[…]

El amigo del Inglés, que se llamaba Bames, dormía alejado de los rescoldos, más cerca de los caballos y del centinela que no tardaría en avisar a Oredio para que le relevase.

No había ninguna razón para que a Winston todo el mundo le llamara el Inglés y a Bames todos le llamaran Bames siendo tan inglés como Winston. […]

Ambos habían supuesto una entretenida novedad, en aquellos días en que las novedades no pasaban de las escaramuzas más o menos sangrientas pero repetidas, y toda la tropa sabía que había que tratarles con mucha consideración, ya que no sólo eran observadores extranjeros: Winston tenía credenciales de corresponsal de un periódico británico importante, el Daily Graphic.

 

2      -De otra habitación vengo yo… -dijo el Inglés, que hablaba con lentitud y esfuerzo un castellano muy expresivo- sin que mi madre pueda perdonarlo. Oxfordshire no debe parecerse a ese Valle que recuerdas. Una habitación muy cómoda pero insufrible cuando lo que se quiere es huir, ver lo que hay más lejos, al otro lado del mundo a ser posible. Mi madre no lo perdona pero me ayuda.

El Inglés guardaba la libreta y el lapicero. […]

-Todo empieza aquí mismo… -dijo el Inglés llevando la mano a la frente, mientras se recostaba en la montura y extendía la manta sobre las piernas-. La idea de marchar es una inquietud antes que una idea, por eso estabas confuso. Luego huyes y recuerdas lo que dejaste […]  

-Acá en Cuba corren malos tiempos… -constató el Inglés- porque estas escaramuzas son ya propias de una auténtica rebelión. Ésta será una guerra verdadera, no lo dudes, y en ella estás metido.[…]

-Metido sin remisión, eso sí… -reconoció Oredio, que sorbía lo que quedaba del recuelo de un café todavía amargo.[…]

-Los insurrectos ganan posiciones, en poco tiempo toda la Isla estará patas arriba, como vosotros decís. Es la guerra, querido amigo. Aquella habitación la echarás de menos, a todo el que se marcha le acaba pasando lo mismo. Me acuerdo de mi madre, aunque  el recuerdo no me borra la inquietud.

El Inglés había cerrado los ojos.

Las brasas amagaban un rumor en el que las intermitentes crepitaciones parecían disparos lejanos que alteraban con un respingo el sueño de los durmientes. […]

-¿Y ese Valle no merece la pena…? -inquirió el Inglés con la voz somnolienta de quien acaba de expulsar el humo del último cigarro.

 

3      Oredio el Hojalatero pudo constatar, algunos años más tarde, no sólo que el Valle merecía la pena sino que no habría otro destino en su existencia que el de aquella habitación que se había quedado prendida en el recuerdo de una difusa idea de juventud

Con la huida cumplió lo que aquella inquietud le dictaba, como si la confusión hubiese sido el acicate para buscar una lucidez que le permitiera la conformidad de su vida, si es que la inquietud tenía fin.

Se lo había explicado muy bien aquel Inglés rubicundo y parlanchín..[…]

 

4      -Supongo que sí, que merece la pena… – contestó Oredio, y vio que el Inglés abría el ojo izquierdo como en un guiño burlón, mientras el centinela le chistaba nervioso para que fuese a relevarlo.

Sorteó la hoguera después de ajustarse el correaje y las cartucheras y colgar el fusil al hombro.

-Me lo tienes que contar… -dijo el Inglés, a punto de dar la vuelta para recostarse sobre el hombro izquierdo, sin disimular ya el sueño que le hacía bostezar. […]

Oredio se apostó, puso el fusil al Iado y miró a lo alto, al cielo que la noche colgaba en el más allá de las copas revueltas, de las estrellas imposibles.

Ese techo del calvero le hizo sentir la profundidad de la sima marina con que recordaba las noches de su navegación, aquel terrible viaje desde el puerto de Santander que dejaba un rastro mohoso de algas y salitre, una angustia de millas contaminadas por la podredumbre del mar y los vómitos.

Como tantas otras noches la soledad del centinela alumbró algún recuerdo cálido de la infancia, ya que en la adolescencia había pocos que tuvieran esa temperatura. […]

Una luz en el techo, un relumbre de leña bien seca, como la que su padre acarreaba para que su madre atizara la cocina. […]

Esa misma luz cenicienta colgaba del cielo del Valle  entre el humo de las chimeneas, que manaban con la misma lentitud en los tejados de todos los pueblos.

-Ahora podría nevar… -se dijo Oredio, sujetando mejor el fusil, afinando la conciencia del centinela con el recuerdo de las órdenes del Sargento, que repetía incansable la misma consigna: no hay que fiarse, el rebelde no duerme. […]

Ese cielo de la nieve tiene un mínimo contacto con el brillo lunar que durante un momento riega el calvero…[…]

La nieve toca primero la punta de Cueto Nidio, luego poco a poco toma posesión de todas las cumbres del Valle, más tarde va bajando por las laderas como si la desprendiera la niebla o la nube la cerniese igual que la harina húmeda que colma la artesa antes de amasar.

Cerró los ojos

-Sólo los cierro un poco… -se dijo a sí mismo como si se disculpara con el Sargento o lo hiciera sólo para comprobar cómo la lejanía se diluye en el recuerdo y la distancia acorta la voluntad de ese cielo cercano que acaba de petrificar el Valle entre esquirlas de hielo y minerales blancos.

 

5      Hacían un recorrido de una punta a otra del frente […]

Los mambises atacaban con un calculado desorden y los españoles contrarrestaban el ataque sin excesiva convicción y luego perseguían a los rezagados, que más que rezagados parecían despistados.

De ese desorden hablaban las primeras crónicas del Inglés, que aparecieron en el Daily Graphic como despachos titulados “Cartas desde el frente”.

Con lo que había visto y con lo que le habían contado describía el afán incendiario de los insurrectos, los actos de bandidaje que les llevaban a quemar los campos de caña de azúcar, a disparar indiscriminadamente desde los setos y sobre los campamentos dormidos, a destruir con dinamita las propiedades que estuvieran a su alcance.

También pronosticaba esa guerra abierta en la que confluiría una auténtica revuelta nacional, porque los cubanos estaban abrumados por los impuestos en parecida medida al saqueo que los españoles habían hecho en la Isla, que tenía las industrias paralizadas y cortada cualquier posibilidad de desarrollo.

La corrupción se había instaurado en todo el tejido administrativo de la Colonia, explicaba el Inglés en sus crónicas.

Era de lo que menos sabía Oredio, de lo que menos acabaría hablando el Hojalatero del Valle. […]

-Nunca se supo lo que hiciste… -decía alguno de los viejos amigos de aquella adolescencia destemplada, en la que el Hojalatero comenzó a sentir que el Valle era una habitación inhóspita-. Tanto tiempo y tan lejos y apenas cuentas nada…

-De Camagüey la zafra y de Santa Clara el cacao, de La Habana los pechos de una mulata, qué otra cosa  podría recordar, a no ser lo que me dijo un Inglés que vino a la guerra y fue el culpable de que el alma se me llenara con el recuerdo del Valle.

 

6      Estaba despierto. Había encendido otro cigarro. Las brasas de la hoguera apenas rezumaban bajo la ceniza.

-¿Ninguna novedad…? -inquirió, cuando Oredio dejó el fusil y se quitó los correajes para acostarse.

 -Ninguna.

-¿Es verdad que el otro día cumpliste veintiún años…?

 -Justo veintiuno, el treinta de diciembre.

-¿Vas a creerme si te digo que yo cumplí los mismos ese mismo día…?

– No, ya sería demasiada casualidad.

– La vida está llena de ellas. Se me metió en la cabeza venir a Cuba y convencí a Reginald, no creas que fue difícil. Me interesa esta guerra, la estrategia de las guerrillas, lo que me contó el general Valdés, lo que militarmente va a suceder en la Isla. Lo que te enseñan en la Academia tiene poco que ver con todo esto. 

-Aprenderás mucho, no lo dudo… -dijo Oredio arrastrando la montura cerca del Inglés y aceptando uno de sus cigarros.

-Una casualidad como otra cualquiera… -le escuchó musitar, mientras tendía la manta y se acostaba.

-El capricho de venir tan lejos, cada cual con lo suyo, y la casualidad de cumplir los mismos años el mismo día, si es verdad lo que dices.

-Te lo juro… -afirmó el Inglés muy serio. 

 

Guardaron silencio.

-Te dije antes que me lo tenías que contar… –  requirió a Oredio, que se había acomodado bajo la manta y fumaba ensimismado.

-¿Qué era lo que te tenía que contar…?

 -El Valle… -dijo el Inglés-. No te quedará más remedio que volver y harás mal si no lo haces. La aventura que hay que olvidar es ésta, no aquella. La vida está allí, no aquí. […]

-Te haré caso… -decidió Oredio.

-Yo me iré antes que tú, voy a escribir como mucho cinco crónicas, otra semana y me vuelvo a La Habana y en seguida a Nueva York. Si puedes, no cumplas más años en la Isla.

Habría otras guerras y el Inglés estaría en ellas.

La curiosidad del corresponsal no se acabaría en Sudán ni en la India ni en el Transvaal. Esa curiosidad por la guerra probablemente forjaría el talante del político, la aventura que le esperaba después. […]

Llegó un brillo de claridad extraña y con él una especie de grito que descompuso el rumor de la floresta y asustó a los caballos que empezaron a patear excitados.

-¿Qué fue eso…? -preguntó Winston asustado, con el cigarro a punto de caérsele de los labios.

-Tocan diana… -dijo Oredio irónico y resignado, como tantas veces repetiría el Hojalatero del Valle a lo largo de su vida para convencerse de que llegaba el momento de empezar el trabajo, siempre en el último rincón de la habitación más pequeña de la casa, al Iado de la cocina en cuyo fogón fundía el estaño.

Luis Mateo Díez, Laciana, suelo y sueño, León, EDILESA, 2000
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