Parque de los cedros

La vida que llevan algunos muertos –contaba Ciro- es casi la misma que cuando vivían, sobre todo la de los que murieron matándose. Hay cementerios que no le desearía ni a mi mejor amigo, muchos en los que ni lo sagrado mejora lo civil, y otros con las fosas comunes hechas un gatuperio. También por el monte y las veredas hay muertos desordenados, algunos en el mismo sitio donde cayeron, sin nada que indique que están allí. Pero, bien o mal, todos conformes, quiero decir que, a estas alturas, el único que anda suelto soy yo, que cada día veo más imposible el descanso eterno…

En los atardeceres del Desván la presencia de Ciro entretenía el tedio de los niños, cuando estaban solos y ningún juego despertaba su interés. Ciro salía del baúl o asomaba del límite más oscuro, donde había un somier y una apolillada manta cuartelera. Entonces comenzaba a caminar de un ala a otra, con las manos cogidas a la espalda y la actitud de los reos que dan vueltas en el patio de la prisión.

– Hubo un muerto en Chaguna que se llamaba Lebo y era el más malo de los muertos que llevo vistos, lo que puede indicar que vivo sería igual o peor. Este muerto capitaneó una de aquellas escuadras que daban paseos a la gente y cometían todas las tropelías que se les ocurrieran, según cuentan los que de vivo le conocieron. Se mató en un accidente con el coche que traía requisado en una revuelta de Zreiza, donde apuró la curva para no pillar a una oveja asustada y se fue por el barranco. A este Lebo lo he visto yo malmeter a los difuntos de Chaguna hasta el punto de que varios decidieron dejar las fosas y bajar a la Canza. Era de esos muertos revoltosos y malencarados que no dejan títere con cabeza. Algunos de la escuadra estaban con él y le secundaban en sus fechorías, otros ya no quisieron saber nada у decidieron descansar en paz. Lebo se fue haciendo con el cementerio hasta que le echó el alto Sumia, una mujer de armas tomar que reposaba, más inquieta de lo que parece, en la fosa común.

Algunas veces Ciro se daba con la cabeza en las vigas y los niños escuchaban el ruido como un eco que retumbaba en el Desván, pero sin que pareciera molestarle ni se resintiese de los coscorrones.

– Sumia era una muerta miliciana… -dijo, deteniéndose un momento, como si al recordarla se le desvaneciera el rictus funerario-, y no estaba dispuesta a consentir valentonadas ni desórdenes, porque ya debía haber visto demasiados en vida. Una de las noches que Lebo andaba incordiando, cuando en el cementerio ya todo el mundo estaba hasta el gorro, le salió al paso y le dijo que si de veras era un hombre, tal como en la vida había fanfarroneado con los escuadristas, que se fuese con ella lejos de Chaguna.

El nuevo coscorrón de Ciro hizo que los niños bajaran la cabeza y cerraran los ojos, pero Ciro vino hacia ellos sin ningún indicio de daño, con la frente ambarina у el mechón mugriento que daba sombra a su mirada mortal.

– Los muertos ya no distinguimos nada de lo que tanto tira de los vivos -aseguró, acaso con la añoranza de lo poco que de él pudo tirar en su vida de soltero- y parejas de muertos no se conocen, porque la soledad es nuestra condición, por muy común que sea la fosa en que yacemos. Lebo aceptó irse con Sumia sin que se supiera dónde lo llevaba, y en Chaguna en seguida los olvidaron. Nadie entendía que la hubiera obedecido pero la muerte tiene razones que la vida no entiende. Alguien comentó que Lebo y Sumia eran del mismo pueblo y también se dijo que no sólo del mismo pueblo sino de la misma casa.

Luis Mateo Díez, Días del desván, León, EDILESA, 1997

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