El cine

Al hombre del Cine lo descubrieron una de aquellas mañanas de los lunes, cuando aprovechaban el recreo para ir a rebuscar en la basura que todavía conservaba el aroma húmedo del serrín.

Los hallazgos más preciados eran siempre los fotogramas sueltos que el operador tiraba en el suelo de la cabina y las colillas de cigarrillos rubios, sobre todo aquellas que los fumadores habían arrojado apenas sin consumir, probablemente urgidos por el comienzo de la proyección.

Del hombre había una huella mural que les fascinaba y a la que no encontraban explicación, aunque tampoco hacían demasiadas cábalas. En los zócalos de los escondrijos aparecían, de tiempo en tiempo, minuciosos retratos de artistas dibujados con lapicero, que componían un friso desordenado de rostros famosos entre los que, de cuando en cuando, había una cara repetida de frente o de perfil: un rostro anónimo que les suscitaba algún vago recuerdo que no lograban dirimir.

El hallazgo de los fotogramas, que incrementaban su valor cuando la película era en colores, suscitaba la mayor emoción al verlos al trasluz, adivinando la escena mutilada que los convertía en auténticos tesoros si mostraban un momento de acción, con el protagonista bien visible, o algún beso de los que justificaban la calificación de autorizada para mayores.

Con las colillas hacían bolsa común. Las desmenuzaban con cuidado después de partir y tirar la embocadura, e iban llenando los pequeños paquetes que incrementaban el tesoro más secreto de cuantos poseían.

Boral y Olero eran los más expertos en liar los cigarros que algunas tardes fumaban en el monte, y Almo y uno de los hermanos los que siempre se mareaban, convencidos todos ellos de que el intento definitivo consistía en tragar el humo y echarlo por los oídos, como aseguraba Ilbo, el hermano mayor de Opal, que una vez les había hecho una engañosa demostración.

El Cine estaba en el camino de las Escuelas Graduadas y era un edificio enorme, de construcción municipal, con dos ojos de buey frontales y un amplio vestíbulo. En realidad estaba concebido como teatro y tenía todo lo preciso para hacer representaciones, incluidos los camerinos al fondo del escenario,  la zona más abandonada y deteriorada por el desuso.

Esa zona era la que ellos mejor conocían, el escondrijo que los hermanos mayores  habían usado muchas veces para sus asuntos más ocultos y también para colarse hasta la espalda de la pantalla y poder ver las películas prohibidas. Los mayores hacía ya mucho tiempo que lo habían abandonado y ellos rehuían esas habitaciones esquilmadas y sucias, definitivamente seccionadas del local.

Al hombre lo descubrieron durmiendo en una de ellas, apoyado en el zócalo, con la cabeza descolgada hacia un lado. Abrió los ojos después de rebullir inquieto, como si el sueño le perturbara, y les miro desconcertado, con el gesto de quien vuelve a la realidad desde el interior más doloroso de su ruina.

No tardaron mucho en reconocer el rostro anónimo del friso y en darse cuenta de que se trataba Medano, el hijo de doña Llana. Era la viuda de un guardia que se había matado con el arma reglamentaria, después de disparar contra ella y herirla gravemente en el pecho y dejar manco a su único hijo, de aquella apenas un niño, con otro desgraciado disparo, y abatir finalmente las dieciséis gallinas que la familia tenía en el gallinero, donde el guardia culminó la tragedia.

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El manco aparecía y desaparecía del Valle con las estaciones sin que nadie supiera a dónde iba y venía, pasaba algunas temporadas con su madre, ya muy anciana y enferma, y otras, cuando de nuevo todos le daban por perdido, en los pajares abandonados o en aquellas habitaciones derruidas del Cine.

Era un ser contradictorio que tenía un carácter reservado e imprevisible que le llevaba, sin solución de continuidad, de las más cariñosas demostraciones a los mayores desprecios y ataques de ira.

Esa mañana, cuando logró incorporarse y aventar la ruina del sueño, les tendió la mano con el gesto amistoso de quien agradece la inesperada compañía, como si estuviese muy necesitado de ella.

Durante el recreo de las mañanas siguientes volvieron a verle y le prometieron que no le dirían a nadie que estaba allí. También le ofrecieron la picadura del tabaco recolectado y pudieron comprobar la habilidad con que liaba los cigarros con la única mano servible, la misma con que dibujaba en la pared.

Medano era como un fantasma enfermo que contaba con pelos y señales las historias de los fantasmas que salían en las películas.

Luis Mateo Díez, Días del desván, León, EDILESA, octubre1997
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