La fuente

La luna y la nieve estaban al otro lado del sueño y, cuando el sueño se interrumpió, pudieron presentirlas como un extraño esplendor que les aguardaba al otro lado de la ventana.

Dormían juntos en la misma habitación, en dos camas turcas colocadas a uno y otro extremo de la cama de Orzo, el hermano mayor, que tenía un sueño pesado y ruidoso y ordenaba sus vidas con la autoridad y el capricho con que los mayores lo hacen con los pequeños en las familias numerosas. Orzo ejercía de reyezuelo y ostentaba con facilidad las vanaglorias de su fortaleza, presumiendo de ellas, vendiendo el amparo de un poderío fraternal que, en justa correspondencia, debía ser remunerado sin rechistar.

Era habitual que Orzo les despertara a media noche para que le trajesen un vaso de agua o fueran a la despensa por provisiones, dada su propensión a los dulces nocturnos y la codicia de un estómago que no se resignaba.

Ellos, haciendo de tripas corazón, y casi siempre con las lágrimas a punto de brotarles en el sueño suspendido, contravenían, entre el peligro y el sigilo de la casa, las estrictas órdenes sobre el respeto a la despensa y la terminante prohibición de comer fuera de hora, especialmente dulces.

Con frecuencia Orzo se desentendía de aquellos hurtos, jurando por Dios y su Santísima Madre su inocencia, mientras ellos terminaban aceptando, contritos y medrosos, la culpabilidad y el castigo.

Aquella noche Orzo dormía silencioso, atravesado en la cama, como en él era habitual, con los pies en la almohada y la cabeza al fondo, arrebujado entre las sábanas y la manta, que formaban un ovillo.

El esplendor contenía esa atracción que irradia el sosiego del sueño cuando, de pronto, el sueño se desvanece y la realidad no es oscura en la incertidumbre de la noche, sino clara, dominada por una blancura que promete la pacificación lunar de los paisajes que la nieve refleja.

Ambos se despertaron al tiempo y ambos supieron, antes de animarse a saltar de la cama con sigilo, para que Orzo no les sintiese, que el esplendor provenía de ese extraño encuentro de la luna y la nieve en el corazón de la noche, lo que tantas historias de las cocinas del Valle, cuando la gente se reunía a contar, mentaban como un sortilegio.

Asomaron a la ventana, tras limpiar los cristales con las mangas de los pijamas y sin poder contener la emoción que colmaba el temblor y el frío, y vieron la plaza hundida en la nieve como un espejo de níquel fosforescente. La noche no tenía cielo y el mismo palor helado sumía la atmósfera en una niebla de alabastro que también refulgía, como si la luna se hubiese enterrado en la nieve hasta transformarlo todo en una lucerna sin horizonte.

Orzo rebulló pero ellos no le oyeron. Arrebujado en la manta se acercó a la ventana y, casi al tiempo que sintieron su aliento en las mejillas ateridas, escucharon su voz acongojada, la respiración temblorosa de quien apenas logra hablar.

– Los lobos están en la fuente… – dijo mientras su dedo índice repicaba en el cristal sin que lograra sujetarlo.

El mármol de la fuente contrastaba en la nieve con la suciedad pulida que amparaba sus años en el centro de la plaza. Era un mármol que semejaba la pátina de los pergaminos, como si la piedra fuese derivando en su vejez en la piel de las reses que todas las tardes abrevaban en el pilón.

Orzo quiso rescatar a sus hermanos de aquella mirada que les haría descubrir a los lobos, una escueta manada que se distribuía en los alrededores de la fuente, compaginando la vigilancia y el acecho, mientras el que parecía más viejo saltaba al pilón.

Ellos no conciliaron el sueño hasta que el amanecer derritió el esplendor con el aguanieve que hollaba los brillos lunares.

El sueño no interrumpía el temor y acrecentaba aquella fría humedad que mojaba las sábanas, también las de Orzo, aunque él se justificara diciendo que, después de haber mojado cada uno las suyas, les había dejado dormir en su cama y le habían hecho lo mismo, porque estaban muertos de miedo

Luis Mateo Díez, Días del desván, EDILESA, León , 1997
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