La Casona

Para cualquier curioso viajero que llegue a Las Murias de Valbarca es motivo de atención la casa solariega de Alcidia, edificio de dos plantas armado con piedra de sillería que tiene ocho balcones en la fachada, huerta aledaña cercada por un vallar de cantos desnudos, tejado de pizarra y el escudo de armas en su frontal, todavía moteado por las pátinas que recuerdan la negra voracidad del fuego.

En sus paredes maestras perduran las huellas intermitentes de los canteros, y a su vera se arraiga un tilo de ramaje frondoso que por la primavera esparce el aroma medicinal y la sombra beneficiosa, caída a los poyos que rematan el pie de la fachada.

La casa se yergue en la cimera de la plaza, que tiene en su centro una fuente de tres caños y el pilón para el ganado.

Su construcción primitiva, remozada al correr de los años hasta el decrépito abandono actual, data de los tiempos de aquel Matías colérico que también ordenó la construcción de una capilla, hoy transformada en iglesia del pueblo, cerca del solar del palacio incendiado.

A mi asombro de niño ya llegaron fraguadas por el hábito del misterio aquellas aureolas de la mole solariega que mantenía como un cerco prohibido en el paisaje cotidiano de la plaza, clausurados los balcones y el zaguán, tomados los aleros por el bando de las golondrinas que colgaban allí sus nidos de barro, y entornada la cancilla de la huerta, donde las ortigas crecían entreveradas en la herrumbe de los barrotes. 

Hay un recuerdo tenaz y mortificante en aquella memoria infantil que se me evade por las correrías del atardecer, cuando mi cojera me impedía seguir el curso veloz de los compañeros, siempre dispuestos a jugar el riesgo de una aventura en las cercas de la huerta de la casona, trepando para alcanzar las ramas de un peral o hacer burla a la dueña de las llaves, una triste mujer encanecida y enlutada que se llamaba Cruz Somoza.

Sabíamos que el misterio de aquellos muros lo acrecentaba el hombre rubio y macilento a quien a veces veíamos vagar por los campos con pasos saltarines de pies planos siempre armados de una fusta cimbreante que tenía el pomo de plata. Era una figura que manteníamos en la distancia porque irradiaba un respeto no lejano al miedo y porque su nombre, Pascual Benito el hijo de la Señora, sonaba en los labios de los mayores con extraña dureza, como si el pronunciarlo supusiese confesar un secreto que revelara la certeza de una maldición.

Algunas veces, cuando en la osadía de los juegos saltábamos los muros del pequeño cementerio de Las Murias y nos abríamos paso entre las tumbas cubiertas de maleza para buscar moras y majuelos, habíamos observado con temor y respeto el blanco mausoleo de mármoles labrados donde podía descifrarse el nombre de doña María de la Concepción de Alcidia, aquella Señora que rememoraban los vecinos del Valle como en la pesadumbre de un calvario ajeno a nuestras imaginaciones infantiles.

Ese recuerdo mortificante que abrumó la ingenuidad de mi inocencia partía de un suceso presenciado en el secreto  de la huerta de la casona.

Era el tiempo de la siega y los compañeros huían a la  zaga de los carros para colarse después en los pajares. Yo me retiraba incapaz de seguirles, merodeando el vallar de la huerta, entretenido en perseguir las lagartijas, cediendo a la idea de escalar la tapia para demostrarme a mí mismo que también podía hacerlo sin la ayuda de nadie. Lo intenté por la esquina que coronaba el ramaje de los manzanos, donde el muro tenía algunas roturas que facilitaban el ascenso. Y fue bastante sencillo alcanzar aquella cima de cantos desnudos, y el placer de tomar una manzana verde y de divisar el misterio de la huerta sin la complicidad de nadie acentuó el orgullo de la pequeña aventura.

Una luz aplacada en el sopor del crepúsculo inundaba los espacios de la huerta que las malezas invadían desfigurando los antiguos sembrados y los campares. Las ortigas dominaban el interior de la tapia y los frutales mostraban las costras de su enfermizo abandono.

Hacia el centro había un pozo artesiano con la pared circular y un leve espacio de grijo.

Al detener en él la mirada, mi corazón apresuró las palpitaciones.

Había un hombre tumbado a su vera, aquel hombre que encendía nuestro miedo y nos inclinaba a correr a pesar de su imagen saltarina y desgarbada, de su mata de pelo rubio crecida en exceso y de la insistente sonrisa que le daba un aire inofensivo.

Por un momento me dispuse a saltar, pero el miedo y la turbación paralizaron mi intento. Distinguía perfectamente las flacas y blanquecinas dimensiones del cuerpo vencido en la tierra, el cabello alborotado, los extraños movimientos que ejecutaba como enardecido en una progresiva lucha amorosa contra sí mismo.

Una intensa sensación dominó mi ánimo y en mi cabeza parecían encenderse ambiguas llamaradas en un sentimiento profundamente turbador que rozara la conciencia de algo deshonesto y prohibido.

Dominado por la turbia emoción comencé a descolgarme por la tapia, y todavía escuché un seco gemido como de liberación o de derrota.

Las primeras oscuridades tiznaban el campo por donde mis piernas superaban su flaqueza en una loca carrera, y el canto de los grillos y de los sapos acompañaba el obsesivo deseo de mi huida, como si todo participase de aquella íntima provocación, el ardor de la tierra calcinada, las espigas, el aroma de las yerbas secas, el vuelo de los últimos pájaros al cobijo de los almiares.

Mateo Luis Díez, Apócrifo del clavel y la espina, Madrid, Magisterio español, 1977
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