La Librería de Nemesia

1  De mis amigos del Desván, Opal era el menos imaginativo pero el que más leía. Casi puede decirse que se pasaba el día leyendo, como si para él leer fuese no ya una necesidad sino un acto reflejo, un impulso visceral y devorador que le hacía estar continuamente con una novela o un tebeo en las manos.

Leía cuando estaba solo y cuando estaba acompañado, tumbado en el suelo, enroscado en una silla, recostado en el escaño, colgado de una viga o en dudoso equilibrio sobre el último peldaño de la escalera. Quiero decir que opal era un lector sin tiempo ni destino que, desde la lectura, controlaba sus obligaciones sin la mínima complicación, que estudiaba, jugaba, hacía los recados, iba y venía con los demás, se apuntaba a las aventuras que entre todos tramábamos, sin que el lector dejase de serlo, sin que la vida y sus cuidados y curiosidades se le escaparan.

Es el caso más extremo y excepcional que he conocido, y puede que ahora, al recordarlo, lo exagere, pero no más allá de lo que la memoria modifica sin que la imaginación la contamine.

Opal era un niño de una inteligencia desmesurada, el más listo de todos nosotros, el más listo de la escuela, el más listo del colegio donde, todavía sin habernos ido del Valle, iniciamos el bachillerato los amigos del Desván.

La inteligencia se compagina a veces precariamente con la listeza, no hay un punto revelador entre una y otra, con frecuencia el listo se queda en despierto y sagaz, mientras que el inteligente acota profundidades con más lentitud y hondura.

Opal era listo e inteligente, tenía la viveza de quien observa con conocimiento de causa, de quien entiende las cosas a la primera de cambio y las digiere contrastándolas, ese don de la facilidad y la complejidad que además se adorna con una prodigiosa memoria.

Esa condición siempre le hizo estar lejos de los Primeros de la clase, más allá de cualquier cálculo o comparación, fuera de los parámetros con que cualquier maestro o profesor pudiera evaluar, como ahora se dice, a sus alumnos. Las notas de Opal excedían la valoración. Todo lo sabía y, además, daba la impresión de saberlo antes de que nadie se lo dijera o explicara, antes de comenzar el curso, apenas en el momento de abrir la Enciclopedia o el libro de Aritmética o Gramática o Historia.

Del conocimiento como presentimiento sólo he tenido en mi vida su ejemplo, como si la ciencia estuviera administrada antes de suscitarse, como si saber y sentir fueran la misma cosa y aquel niño extraordinario sintiera que sabía antes de saberlo.

Su tiempo se amoldaba perfectamente al de los demás, a las rutinas escolares y las obligaciones familiares, con esa inversión añadida de la lectura, pero lo mucho que los demás necesitábamos para aprender lo que fuera, era muy poco en su caso, y a veces los amigos nos quedábamos estupefactos comprobando el vértigo de su conocimiento, la capacidad de su sabiduría.

Era tan duro aprender algo, memorizar cualquier cosa, teníamos tan extraviada la cabeza, tan vapuleada la imaginación, construíamos tantas ensoñaciones, viajábamos tanto ensimismados, íbamos tan lejos. . .

 

2  Seguro que el contraste de Opal con los otros amigos del Desván -Perlo, Almo, Olero, los hermanos- estaba precisamente en eso, en la desbordada imaginación de unos niños que precisamente en el Desván habían encontrado el lugar secreto de sus juegos, un reducto misterioso salvaguardado de la vigilancia y la rutina.

Opal era el menos imaginativo, tal vez el que menos necesitaba curarse de la realidad, de la diminuta realidad de ese tiempo infantil, con la ensoñación, entendiendo que en los juegos del Desván cualquier invento daba pie a una inusitada aventura.

Ya se sabe que el niño imaginativo es el que menos juguetes necesita, y que la llamada industria del ocio, que ahora tanto padecemos, se construye sin remedio haciendo tabla rasa de la imaginación.

Opal se sumaba gustoso al juego y, con frecuencia, lo adornaba con lo aprendido en las ficciones, con lo que podía extraer de sus lecturas, de las novelas y los tebeos, donde él sufragaba sus necesidades imaginativas. De esas lecturas extraía la ejemplaridad de algunos gestos, de algunas poses, que probablemente no hubiera podido inventar de no haber leído.

Los niños del Desván todavía leían poco, algunos de los tebeos más manoseados de Opal, jamás sus novelas del Oeste o de detectives, espadachines y piratas.

Escuchaban, eso sí, contar cuentos, porque entre las tradiciones del Valle donde estaba el Desván, donde ellos vivían, perduraba la costumbre vecinal de contar, los viejos ritos de la oralidad.

Decir que ellos se alimentaban directamente del impulso, todo lo inocente que se quiera, de su pequeña imaginación, de su imaginación compartida, de la confabulación que el propio Desván con sus hallazgos les procuraba, mientras que Opal encontraba en la lectura otro ámbito de esa capacidad, de esa experiencia, un ámbito más maduro o sofisticado, no debe ser errado.

La ficción en la lectura, la experiencia de lo imaginario en la literatura, por precario que todavía sea, supone ya un importante grado de complejidad. Leer es siempre una opción de sabiduría, jamás se lee en vano, nunca se lee en balde.

El aprendizaje de lo imaginario conduce, sin remisión, a todas las fuentes que procuran la ficción, no sólo como alimento imprescindible sino también como forma de conocimiento, y de ese uso infantil al uso complejo hay un mismo camino, el que se suscita entre la intensidad y el placer que todo arte promueve, muy particularmente el arte literario que es, como sabemos, el arte que se materializa en la palabra.

Los niños del Desván, de los que ya he hablado y escrito en más de una ocasión, fueron mis compañeros de infancia, niños de posguerra en un Valle del noroeste donde aquel tiempo culpable y sombrío no enturbió su infancia aunque sí remarcó la idea, que más de una vez he recordado, de que la infancia no es una edad sino un estado de inocencia y sabiduría ciega, que alimenta el sufrimiento más benigno de la memoria.

Mal servicio haría yo a esa memoria compartida de mis amigos si la nostalgia la ablandara, si el sufrimiento no se cobrase lo que le pertenece de aquel tiempo de desolación y posguerra.

Los niños preservábamos la inocencia, que los mayores habían malbaratado con la impiedad y el odio, en un Desván que contenía el testimonio del sufrimiento, los objetos innominados de un hospital de sangre o de una miserable requisa, el escenario de los juegos prohibidos que presenciaba un muerto que nos habíamos inventado y que se llamaba Ciro, un muerto cariñoso entre tantos muertos terribles, que amparaba nuestra soledad y nos hacía las más tiernas y patéticas confidencias. Ese muerto que acabó siendo para los niños medrosos del Desván un auténtico seguro de vida.

 

3  Opal leía.

Supongo que para un niño tan inteligente, tan extremado, la ficción vivida, la pura ensoñación del juego, no le bastaba, la imaginación que entre todos concertábamos no le sufragaba los gastos.

Opal necesitaba dilapidar más energías, y aquellos sobados tebeos y aquellas mugrientas novelas saciaban, hasta donde podían, su irredenta pretensión.

El lector era quien más lejos había ido, el que más había viajado, el conocedor de los mundos más exóticos. Alguna vez, cuando aparecía en el Desván con el mínimo disfraz de un pirata extravagante o de un taimado corsario, todos nos quedábamos tan fascinados como frustrados: ni el parche en el ojo ni el pañuelo atado en la cabeza eran suficientes para que el mar dejara de romper en el arrecife de las vigas ni el galeote de hundirse.

Los piratas y corsarios que Opal conocía mejor que nadie nunca se batirían con la misma convicción con que Perlo y Almo se habían batido, un duelo a muerte en el puente de mando ante Sena y Cerisa, las fugitivas primas por las que los encausados se habían vuelto locos pocos días antes de hacer la primera comunión.

Pero es verdad que Opal sabía más que nadie, y también debe ser cierto que aquellas lecturas contribuyeron a fraguar su vocación, que no fue de aventurero sino de viajero, de hombre del mar, exactamente de marino mercante.

Como era de esperar, hizo una brillante carrera en la oportuna Escuela y no tardó en alcanzar el grado de Oficial. Las noticias fueron escasas entre todos cuando crecimos, pero el tiempo no limitó ni la intensidad ni la lealtad de aquellos años fraternos.

A veces, cuando los viejos amigos los repasamos, cuando volvemos al Desván que contiene el misterio de tantas diminutas cosas de lo que fuimos, comentamos un tanto consternados la condición marinera de algunos que ya no están con nosotros. Sobre todo la de Opal, el destino trágico de su muerte en el Caribe, pero también la de Sirio, que era algo mayor, más amigo de nuestros hermanos mayores, y desapareció con su barco y compañeros de tripulación en uno de esos triángulos extraños donde dicen que los navíos se sumen en el abismo como si el mar los tragara sin que quedase la mínima huella de un naufragio.

Es tan extraño comprender que siendo de tierra adentro, de un interior tan ensimismado y distante como el Valle, alguien quiera ser marino, se sienta la llamada del mar.

Los amigos del Desván estamos convencidos de que Opal la sintió leyendo.

Era habitual que en nuestros juegos de piratas el mar rugiera con parecido estruendo al de la nieve deslizándose por el tejado del Desván, y yo no dejo de recordar la voz de Opal advirtiendo el resplandor de la luna en el Caribe nocturno, alguna de aquellas noches en que sorteábamos con las chalupas el peligroso tramo hacia la playa, donde debería iniciarse la reconquista de un torreón o rescatar a Malda que de todas las novias del Desván era a la que más le gustaba dejarse secuestrar, sobre todo si el capitán que venía a por ella era mi hermano Antón.

 

4  La luna del Caribe iluminaba una noche quieta y polvorienta, entre los trastos del Desván, donde el mar colmaba la ensoñación literaria de Opal y el delirio de quienes navegábamos armados hasta los dientes a su lado, avizorando el resplandor que podía delatamos y sobre el que con tan buen criterio él nos alertaba.

Una noche que reconvierte en sueño el pensamiento de su aventura, que casi me hace estremecer al recordarla con el polvo entre las desgarraduras de las vigas, el frío del invierno, probablemente la nieve a punto de desprenderse. Un tramo de aquella imaginación compartida por los niños que navegan ocultos, silenciosos, como al dictado de la propia voz de Opal que leyó aquello en alguna de sus mugrientas novelas o de sus manoseados tebeos.

-La luna del Caribe… -musita de nuevo a mi lado, y en su aviso, en su advertencia, reconozco lo que deja de ser un recuerdo de infancia y se convierte en un presentimiento que de veras me alcanza el día que uno de los amigos, tantos años después, me llama para decirme que Opal ha muerto, que lo ametrallaron en la cubierta de su barco, en el Caribe.

Hay otra luna, inquieta, esquiva, en la noche de su muerte verdadera, porque también en el rescate de Malda murió Opal y yo me sumé gustoso a su muerte, ambos tuvimos una muerte heroica salvaguardando la retirada del resto de los amigos tras el rescate, y yo musité al morir:

-La luna, la puta luna…

Lo dije así porque de todos nosotros yo era el peor hablado, y porque apreciaba en su justa medida el aviso del amigo, sabiendo que aquel fulgor nos había delatado y que nuestra muerte tenía la complacencia del heroísmo y de las mejores escenas de las películas en tecnicolor que tanto nos gustaban.

Una luna más fría iluminó a Opal en la barca donde falleció entre los brazos de un compañero del Sierra Aránzazu, el mercante en el que llevaban a Cuba aquellas navidades un cargamento de juguetes y que fue atacado por una lancha anticastrista. Uno de aquellos sucesos trágicos, despiadados, que ocupaban cierto despliegue de prensa, cierto revuelo diplomático, y poco más.

La luna de nuestra aventura en el Caribe del Desván, de la infancia, todavía brilla en una viñeta o en una página mugrienta.

La de la muerte de Opal perdió el fulgor en el invierno de nuestra edad, pero la vida o, mejor, la muerte, la guarda en el mismo recuerdo: el de aquellos ojos de un niño que leía tirado por el suelo.

Luis Mateo Díez, Lunas del Caribe, Madrid, ANAYA, 2000
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